Viaje a León (I)

El tiempo bueno no es tiempo y lo es todo. Se consume con intensidad en la lentitud de un instante, cuando las horas se derriten al calor de la compañía. Luego llegas a casa y te das cuenta. La catedral se apaga. Ya no hay luz de vidrio ni piedra vieja, pero se mantiene el calor de los brazos ajenos que se hacen casa, aunque las horas se hayan escapado entre los dedos como arena de playa en un día ventoso, aunque ya no quede tarta y ya solo saborees el eco de las últimas carcajadas.

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