VIEJA HÉLADE

Cayó la noche y calló la ciudad.
Subimos alto, alto.
Subimos a donde la realidad no llega,
A donde las luces, embriagadoras, distorsionan la miseria;
A donde la vista abarca todo pero no ve nada,
Porque ojos que no ven corazón que no siente.
 
Respiramos ciudad desde el trono de los dioses,
Latiendo el día todavía en nuestro pecho.
Aunque pronto la luz calmó la vida, y la oscuridad se acomodó en su lecho.
 
Y nosotras, mientras tanto,
Tanteando la inmensidad,
Sumergidas en lo atemporal de la belleza contemplada desde arriba.
 
Demasiadas ruinas carga a cuestas la vieja Hélade,
Y ya no vale solo con mirar atrás;
Ya el pasado ha caducado.

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