ADIÓS TODAVÍA

Se fue con un beso en los labios y las comisuras saladas. Los ecos de las últimas palabras se deslizaban por sus mejillas, todavía templadas. Se desvanecían ya las caricias del adiós en la nuca, todavía palpitante.

El sudor de unas yemas perdidas recorría sus párpados, bajo los cuales se mantenía todavía intacta la zozobra de quien teme pero no sabe; la inquietud ante la caída de algo que no ha caído todavía.

De pronto se agachó, tocó el asfalto con las palmas bien abiertas e inclinó su cuerpo hacia delante, como a punto de caer. Pocos segundos más le bastaron para percatarse de que el todavía ya había quedado atrás.

Se irguió con ingenua entereza y regresó por donde había venido; esta vez sin nudo en la garganta, pero con los cristales más empañados que nunca.

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