Inconsciente o inspiración

Empecemos por unas pupilas dilatadas y humedecidas por el fulgor de la inspiración.
Pensemos ahora en un escalofrío excitante, en una corriente que necesita ser liberada, en un apetito feroz de papel y bolígrafo.
Continuemos por unas emociones indefinidas que confluyen en un clímax de mayor indefinición.
[Amago de lágrima] Cerremos los ojos.
[Puños y dientes apretados] Cojamos el papel.
Qué fluya el inconsciente.
Prosigamos.

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Viaje a León (II)

León en boca o caramelo que se consume
Entre horas vivas sobre piedra vieja,
Entre brazos ajenos que se hacen casa,
Lentamente,
Como la carcajada que no cesa
Frente a la Pulcra de madrugada
O paseando con Gaudí,
Cuando tocamos las bóvedas y se consumió León.

Viaje a León (I)

El tiempo bueno no es tiempo y lo es todo. Se consume con intensidad en la lentitud de un instante, cuando las horas se derriten al calor de la compañía. Luego llegas a casa y te das cuenta. La catedral se apaga. Ya no hay luz de vidrio ni piedra vieja, pero se mantiene el calor de los brazos ajenos que se hacen casa, aunque las horas se hayan escapado entre los dedos como arena de playa en un día ventoso, aunque ya no quede tarta y ya solo saborees el eco de las últimas carcajadas.

Jersey rojo de rayas blancas

Su olor. Lo más característico de mi madre es su olor. El mismo perfume que desprendía aquel jersey rojo de rayas blancas que tanto se ponía cuando yo era pequeña. Ese jersey que me cogía, que me vestía, que me peinaba, que me abrazaba contra un pecho de lana suave. No sé ya qué es de ese jersey. A saber. Mi madre siempre le da nuevas vidas a las prendas que le gustan, ya sea por el “todo vuelve” o por el “queda para andar por casa”. Aunque hay veces que las vidas se agotan. Puede que a esa lana roja simplemente le llegase su momento. Qué sé yo.


Me gusta fijarme en sus manos. Suelo examinar las manos de la gente, intentar averiguar la historia de sus pliegues, de sus arrugas e imperfecciones. Las manos albergan la potencia de una vida, el espejo implícito del yo. Cuando observo las manos de mi madre se me viene a la cabeza una frase que me ha repetido en varias ocasiones: “mucho he trabajado yo en esta vida, filliña”. Las observo con admiración. Pienso en lo mucho que relucen para su medio siglo de faena. “Qué suaves”, le digo a veces con voz de niña repipi. Se ríe. Todavía no me explico cómo pueden ser tan suaves. También pienso en las trenzas que me hacían esas manos, delante del espejo del baño, entre carantoñas vacilonas y ojos de locura.


Sus orificios nasales tienen vida propia cuando un ataque de risa la invade. Aletean a velocidad de colibrí, y una vez activado el mecanismo, no es sencillo encontrar el “pause”. Si bien en menor medida, a mí también me sucede lo mismo. Siempre que soy consciente de ello cuando me río, me acuerdo de ella, roja como el jersey de rayas, facciones acentuadas, dientes destellantes y alerones en marcha.


Hay un adjetivo que utiliza mucho: simpático. “Qué simpática eres”, me dice con ironía cuando hago una gracia. Desde luego es “simpático” percatarse de cómo las partes definen al todo. Es simpático detenerse un segundo, cerrar los ojos y dejar fluir al (in)consciente. Es simpático darse cuenta de cómo la memoria selecciona fragmentos de humanidad en lo material, y cómo estos nos marcan hasta límites insospechados.

BICOS DA MAR

Alumeaban poesía os bicos da mar,
Fuxía a poeta de sereos que louvar,
Alá nas rochas salgadas, entre cantar e cantar
Esquecía o verso libre, na procura dun fogar.

Non había navíos, nin amigos a quen loar,
Alá ao carón da ribeira, atopaba o seu fogar.

SOSIEGO

Primero impresión, pronto sosiego. La monumentalidad anacarada te abraza. Animalillos te gritan “no te vayas, no puedes irte”, mientras sientes el frescor de la exuberante vegetación pétrea acariciándote el rostro.
La paz se encuentra bajo los arcos mixtilíneos de San Juan de los Reyes. 
Háblale a las piedras o busca a Isabel, pero no te vayas.