A un palmo

A un palmo de tomar vuelo sentí de golpe la presión de cinco meses tan ligeros como la espuma, como esa que apurábamos con la avidez del confinado en las tardes de postal en brazos del Moldava. Meses que se han derretido al calor de los atardeceres de abril, entre bebida mágica y mejillas doradas.

Y se cerró la cabina del avión. Volví a sentir la nieve de febrero entre los dedos, con la emoción de un principio en el que Bego ya avistaba el final, cuando los copos se deslizaban por nuestros cabellos con la imperfecta elegancia de la ciudad de cuento, tan suya como nuestra en las madrugadas de adoquines infinitos.

Ascendimos y sentí como Praga me soltaba la mano, sentí su tacto desvanecerse con la melancolía de quien sabe que está de paso, pero la tranquilidad de haber descubierto un regazo al que regresar. Praga se alejaba, pero me acercaba a Karlovo, a las noches de folklore en el edificio soviético que tanto trote aguantó, a sus luces y sus sombras sobre la tarima prestada, los vasos vacíos, las ventanas de humo y los diálogos de besugos, las batallitas y las andanzas de una flor de la vida que no sabemos si vivimos, perseguimos, nos consume o nos devora. Y reviví las palabras, las expresiones propias, las inventadas, las rebuscadas, las degeneradas. Las palmaditas en la espalda, los abrazos fortuitos, las entradas triunfantes y las caídas desafortunadas. Redescubrí pubs clandestinos a la luz del alba y volví a decir “sí” a todas horas improvisadas, a desviarme de los planes iniciales y a no pensar en el día siguiente.

Cerré los ojos y paseé de nuevo por un junio de intenso olor a despedida, hierbas altas y frescor a lago, cuando me di cuenta de que la melancolía de los finales es la nostalgia servida por adelantado. Luego me desperté de la siesta de marzo con el calor de julio, con el olor a un Atlántico que se hacía cada vez más cercano. Sentí casa, sabiendo que dejaba atrás un pedacito de hogar tan de todos como de nadie, que sería inútil tratar de retener.

Onde as ondas rompen

Onde as ondas rompen pero o mar non chega,

onde esquezo o mar mas mañás de area

Dende alí falo.

Falo amparada polo lume da distancia,

Porque xa non queda salitre nas bagoas

Porque as pupilas perden o fulgor da casa

E non sei cando rematará de baixar a marea.

Fuera de la pecera

Hacer casa fuera de nuestra pecera, o intentarlo, forma parte del instinto humano de supervivencia. No siempre es fácil. No siempre es difícil. Puede tomar segundos, días, meses o años.

Hacer casa es ganar impulso para arrojarse al vacío de la incertidumbre; escribir sobre una hoja ya sobada de expectativas o enfrentarse al manido “folio en blanco”, siempre dispuesto a soportar las venideras líneas de una experiencia sin cimientos.

Hacer casa es pegar una nueva tesela en el mosaico vital; colocarla cuidadosamente junto a las demás, como encajar un libro en el último hueco de la balda.

Hacer casa es, a veces, contemplar el conjunto: algunas teselas han perdido su brillo, otras se han caído; algunas conservan todavía los colores originales, otras han mudado de matices; algunas han sufrido deterioros, otras brillan ahora como nunca.

Estos días estreno tesela. Todavía me faltan colores y quizás algo más de pegamento, pero no puedo estar más contenta de su luz.

Y así seguiré, mientras haya pinceles, pintando vida y pegando teselas.

Idilio, sueño, beso

Las ninfas se guardan de la luz del bosque

cuando la luna se viste de fuego en el lejano este,

cuando el idilio se desvanece en el despertar del sueño.

Baco bebe la última gota en tu cara,

pero no lamentes ahora tu sed.

Mírate.

Sabes que te aferrarás al olor del recuerdo,

olor o dolor, dará lo mismo,

pero no te lamentes.

Mírate.

Sabes que te aferrarás a los pactos que hiciste con las sombras

cuando no quisiste más trato que una canción por beso,

canciones como segundos,

frenesí de encantos,

al borde del abismo de la madrugada;

cuando no quisiste pensar en lo efímero (pero lo hiciste);

cuando John Lennon y tempus fugit fueron la misma persona.

Mírate.

Sabes que saborearás la inercia de lo que la mañana se ha llevado.

Placer fácil

Caí en la cuenta.
Dejé de contar.
Pensé en sábanas blancas,
en suavizante,
en barrigas de bebés.
Pensé en cabellos recién lavados,
en dientes de menta,
en piel mojada.
En besos en la frente,
en caricias en la nuca,
en las yemas de los dedos,
sobre hielo,
sobre bello.
Pensé también
en empachos de miradas,
en espuma en los tobillos,
en salitre en las pestañas.
Me pensé a mí,
Sobre la cama,
cayendo en la cuenta,
dejando de contar,
pensando,
luego soñando,
sobre palabras tibias,
sobre cientos volando.

HOY ABORREZCO

Hoy aborrezco las ideas clavadas a golpe de martillo,
la pandémica ignorancia y los temores infundidos,
las esperanzas quebradas de reyes sin valido,
las promesas condensadas en humo de cigarrillo.

Hoy aborrezco los bigotes y sus secretos de partido,
las corbatas arrugadas en horas de banquillo,
el exilio de valores y la pobreza de espíritu,
el consumismo de los pobres, el ecologismo de los ricos.

Hoy aborrezco las pantallas, la apostura, el automatismo,
la falsa conciliación y el derroche enfermizo.

Hoy más que nunca aborrezco este sistema corrompido,
ahogado en intereses y desacuerdos sin sentido.

Hoy aborrezco sin escrúpulos este sistema podrido.

Olía a jazmín en la ciudad

Olía a jazmín en la ciudad, como en casa, aunque también a mar. Un mar que a 500 km de distancia gritaba mi nombre en cada ola quebrada por la arena. Ese mantel colgado del balcón no parecía tal, sino una toalla de playa, todavía húmeda, secándose bajo la luna de las nueve; luna estival que comparte tardes de cielos infinitos con el omnipresente sol; un sol que únicamente cerca de la medianoche cede ante el astro blanco y multiforme, cuya belleza virginal corona la gran cúpula celeste, estrellada y libre de nubes; un sol que, reacio a su retirada, deja intencionadamente su rastro en el calor latente de las piedras, en el pigmento de las pieles, y en las extremidades dilatadas, adormecidas sobre los tibios colchones.

Hierba húmeda

Nos conformamos con la serenidad de la hierba húmeda a las diez de la noche,
La paz de los árboles contemplados desde abajo,
Pequeños gigantes dispuestos como iris,
En torno a una pupila de nubes anacaradas sobre fondo ligero color agua.
Nuestro cuerpo, maleable a la brisa, se desvanecía en cada latir de la tierra,
La gravedad nos abrazaba contra el pecho de la naturaleza,
Fresca,
Tranquila y serena,
Nunca tan eterna,
Pero todavía joven.

Estaba acostumbrada

Estaba acostumbrada. Pero todo es cuestión de desacostumbrarse y empezar a echar de menos. Estaba acostumbrada al mar. Apenas advertí su ausencia al principio y tardó, de hecho, en convertirse en necesidad. Aunque quizás ya lo era. Solo que cuando algo forma parte de la rutina es y punto.
Y como el mar, otras tantas cosas.

Viaje a León (II)

León en boca o caramelo que se consume
Entre horas vivas sobre piedra vieja,
Entre brazos ajenos que se hacen casa,
Lentamente,
Como la carcajada que no cesa
Frente a la Pulcra de madrugada
O paseando con Gaudí,
Cuando tocamos las bóvedas y se consumió León.